“Preferiría la muerte a la inactividad”. Parte III. Fin.

Éstas fueron las palabras de un hombre que dedicó toda su vida a concebir imágenes, máquinas y grandes proyectos que se adelantaron a su tiempo. Hablamos de Leonardo da Vinci.

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En 1516, Leonardo aceptó la invitación del nuevo rey de Francia, y se trasladó al castillo de Amboise. Allí, trabajó en el diseño de fiestas y novedosos proyectos de ingeniería, su fama ya estaba consumada, y al año siguiente de su llegada le visitó el cardenal Luis de Aragón. Según escribió después su secretario, Leonardo le mostró 3 cuadros muy perfectos “pero no se podía esperar ya más de él a causa de la parálisis que sobrellevaba en su mano derecha”. Murió en el castillo de Cloux, cerca de la residencia real de Amboise, el 12 de mayo de 1519.

Tras de sí, Leonardo dejó, en cincuenta años de actividad, veinte pinturas empezadas y 16 finalizadas. Puede parecer una producción bastante escasa en comparación con la larga lista de obras que engalana a cualquiera de sus contemporáneos, pero es que, para Leonardo, el arte era otra cosa, el arte era un placer mental, el arte era poesía muda.

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