“Preferiría la muerte a la inactividad”. Parte II.

Éstas fueron las palabras de un hombre que dedicó toda su vida a concebir imágenes, máquinas y grandes proyectos que se adelantaron a su tiempo. Hablamos de Leonardo da Vinci.

17904041_1636832473012634_3486229756382856067_n

La historia de vida de este genio se encuentra, desde sus primeros momentos, embarcada en un navío presto a zarpar hacia el Olimpo de los sabios. Todo comenzó con la popularmente conocida anécdota del escudo de la medusa. Un caluroso día de esos que acontecen en Vinci, su localidad natal, un feliz campesino acudió a casa de Leonardo para pedirle a su padre un escudo de madera pintado. El audaz infante, al oir la petición que a su padre hacían, se puso manos a la obra y preparó una especie de rodela. Tras pensar qué podría pintar en ella, se decidió por una cabeza de medusa. Para este fin, Leonardo llevó a un cuarto, donde sólo entraba él, una serie de lagartijas, mariposas, murciélagos, grillos y langostas. De todas ellas copió algunas partes y las unió después, hasta formar un bicho muy horrible y espantoso que convertía el aire en fuego.

Tanto duró haciendo la rodela que llegó un momento en que el hedor de los animales muertos era insoportable, pero a él poco le importaba, actuaba solo por amor al arte. El resultado fue un éxito, sin embargo, su padre y él conservaron esta creación, entregándole al campesino otro escudo que compraron. Un tiempo después, el padre de Leonardo consiguió vender la primera obra de su hijo por unos cuantos ducados a unos comerciantes florentinos. He aquí, la primera ocasión de la que tenemos constancia, donde Leonardo mostró su enorme interés por la plasmación de la naturaleza y por la primacía de la práctica sobre la teoría.

B. Maestro

Anuncios